La luz azulada del amanecer en Nişantaşı se filtró por las cortinas, cayendo sobre el rostro de Aras. El brillo de la pantalla de su teléfono fue lo que terminó de sacarlo del sueño. Al leer el mensaje de Yusuf, la mandíbula de Aras se tensó instintivamente.
—Mis hermanos han aterrizado —dijo con voz ronca, sentándose en el borde de la cama.
Melani, que ya estaba en ese estado de alerta constante, abrió los ojos de inmediato. No hubo rastros de la suavidad de la noche anterior. En segundo