Aras se quedó inmóvil, mirando el reflejo de las luces de Estambul en el ventanal. En su reflejo no veía al CEO implacable; veía a un hombre desarmado en su propio despacho.
«Ya acepté». La frase de ella se repetía en su mente como un eco punzante.
Ella no le había pedido permiso. Melani acababa de tomar el timón con una frialdad técnica que le recordaba por qué se había obsesionado con ella en Viena. Verla manejar el poder de los Von Seidl desde las sombras le resultó fascinante en aquel