El domingo trajo una mañana fría, el jardín de la mansión en Kanlıca se movía con precisión absoluta igual que su reina. Quien supervisaba la mesa para que a sus príncipes no le faltara nada.
Minutos más tarde todos se sentaron.
A su derecha, Aras. Estaba extrañamente silencioso, bebiendo su té con una calma que a Fatma le resultaba sospechosa. A su izquierda, Burak, el hijo del medio. Burak mantenía la espalda recta y la mirada fija en su plato. Para él, estar de vuelta no era un regreso