En el despacho de los Von Seidl, el ambiente no era de duda, sino de una tensa calma operativa. Diego ya no necesitaba reflexionar sobre su error; ese peso lo llevaba cargado en el pecho desde que regresó de Estambul. Aún sentía el eco de aquel encuentro donde miró a Melani a los ojos y le juró, con una solemnidad que rayaba en lo religioso, que no se rendiría.
Él sabía mejor que nadie que su palabra no valía nada si no iba respaldada por hechos. En el mundo de los Von Seidl, el amor no se es