Al cabo de unos días, Victoria se detuvo frente al espejo del baño. Mientras el agua tibia llenaba el lavamanos, miró su rostro en el cristal. Sus ojos ya no tenían esa hinchazón dolorosa de las noches que pasó llorando con el alma hecha pedazos. Había algo nuevo en la forma de mirarse y en la postura firme de sus hombros. En cierta manera, se sentía una persona completamente diferente. La sombra pesada de la mansión y la agonía de rogar por un poco de amor empezaban a darle paso a una nueva fu