JAVIER
Miguel tenía una manera de aparecer cuando menos lo esperaba.
No de mala manera, sino de la manera específica de alguien que te conocía lo suficiente como para saber cuándo necesitabas compañía sin que lo dijeras, y había aparecido en mi puerta ese viernes por la noche con una botella de algo bueno y esa expresión que tenía cuando ya había decidido que íbamos a hablar de verdad quisiera yo o no.
Lo dejé entrar.
Terminamos en la sala de estar de la manera en que siempre terminábamos en la