ALEJANDRO
Enderecé mi corbata por tercera vez, aunque el espejo decía que estaba bien, el restaurante me esperaba, y también mi padre. Han pasado tres días desde Vallecas, y el rostro de la anciana y sus sufrimientos no salían de mi cabeza.
Catalina estaba en la sala, tarareando mientras navegaba por internet. Me detuve junto a la escalera, observándola hacer lo que fuera que estaba haciendo, con pasión.
—Señor Montoya —murmuró, sin levantar la mirada.
—Lo seré —dije—. Solo… cena con mi padre.