PUNTO DE VISTA DE ISABELLA
La puerta se cerró tras la periodista y su equipo. El silencio que siguió fue pesado, revelador, casi acusatorio.
Mis uñas se clavaron en mis palmas. Sus brazos alrededor de mí se sentían como una jaula: apretados, inflexibles, ineludibles.
—Acepté salir contigo de mentira, Salazar —le espeté, apartando su mano de mi cintura—. «No a dejar que controles mi vida. Mi padre ya se encarga bastante de eso».
Su sonrisa era peligrosa, su voz baja. «Entonces quizá sea hora