«¿Adónde vas?», le espeté. «Acabas de pasar por delante de mi piso».No respondió. Ni un gesto, ni una mirada. Una mano agarraba el volante; la otra marcaba un ritmo lento sobre la consola. Demasiado despreocupado, como si llevarme contra mi voluntad fuera solo otra tarea más del viernes.Un escalofrío me recorrió la espalda y me obligué a mirarlo con ira en lugar de temblar, deseando que se quemara allí mismo, sobre el volante.Por otra parte, un accidente de coche solo añadiría otro escándalo a mi creciente lista.—Agradezco el rescate —dije entre dientes—, pero ¿este papel de estatua silenciosa y melancólica? No. Da la vuelta.Nada. Ni siquiera un parpadeo.—Está bien, te demandaré por secuestro —lo amenacé.Eso me valió una burla. —Déjame adivinar, la gente suele cagarse encima cuando dices eso, Caperucita Roja.—Primero, qué asco. Segundo, mi nombre es Isabella Montez. No Caperucita Roja. Tercero... —Levanté las manos—. No tengo tiempo para tus acertijos. Tengo un incendio que a
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