La luz de la mañana apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios cuando Elena cruzó las puertas de cristal del edificio.
A diferencia de la noche anterior, donde el brillo de los candelabros y las copas de champán disfrazaban las verdaderas intenciones de cada asistente, la empresa amanecía con su rostro más auténtico: teléfonos sonando, empleados caminando con carpetas bajo el brazo y el inconfundible aroma a café recién preparado mezclándose con la tensión de un nuevo día laboral.
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