Julián permaneció inmóvil frente a la puerta durante varios segundos después de que Elena abandonara la sala.
El sonido de sus pasos se perdió poco a poco por el pasillo.
Solo entonces volvió a mirar la carpeta azul que había quedado sobre la mesa.
No la había tomado.
No la necesitaba.
Las cifras seguían grabadas en su cabeza.
Diecisiete pedidos.
Descuentos extraordinarios.
Autorizaciones realizadas con su firma digital.
Y una sensación que no conseguía quitarse del pecho.