—Últimamente ...
Su aliento, cálido como un soplo de viento en un intenso verano, rozó la sensible piel de mi cuello cuando me lamió desde la base del cuello el lóbulo de la oreja. Me dio un suave mordisco que me hizo morderme los labios.
—Me he preguntado si acaso, mi esposa... —musitó suavizando su voz, volviéndola aterciopelada—... la mujer que vive bajo mi mismo techo siente algo por mí.
¿Todo eso lo hacía porque me había descubierto con su abogado en una habitación a oscuras? En mi hombro,