Cabía la posibilidad de que la bebé Zoé sí fuese hija de Adam. Quise quedarme a escuchar lo que John venía a decirle a mi esposo, pero el llanto repentino de mi bebé me llamó desde las habitaciones superiores.
Adam lo oyó y volteó con gesto inquieto. Pero cualquier deseo de verlo ya había desaparecido, eclipsado por otras preocupaciones. Y a mí no me quedó más que seguir subiendo y apresurarme a ir a verlo. Entré a su habitación y lo saqué de la cuna. Tenía la carita llena de lágrimas.
—¿Qué pa