No era tanto la frustración y la molestia de tratar con ese bastardo de Malcolm lo que lo estaba superando. Claro que era irritante, pero no le disparaba los niveles de estrés ni de lejos como lo hacía su obsesión por Isabella. Habían sido tres largos días desde que volvieron de Delmar. Un viaje de trabajo en equipo, de charlas acogedoras y tormentas de ideas. De quedarse mirando los enormes ojos marrones de Isabella, de reír juntos, de respirar su perfume especiado y dulce. De hacerle el amor