Se apartó de Alexander, confusa, encendida, jadeando de deseo y por el esfuerzo de su particular juego de fuerza. Se quedaron mirándose durante un segundo, con la respiración del propio Alexander volviéndose pesada y su rostro tenso. Entonces él pareció tomar una decisión.
—Al diablo —dijo de repente, arrojando el bote de café a un lado y abalanzándose hacia ella.
Acto seguido la estaba besando, con su lengua exigente en la boca de ella y sus manos deslizándose bajo su chaqueta hasta sus pechos