Isabella dobló las rodillas, deslizando los talones más cerca de sus muslos, porque ella también sabía lo que a él le gustaba, y quería agradecerle lo que había hecho con su lengua y sus dedos esa misma noche. Clavando los talones en el colchón, respondió a sus estocadas, moviendo las caderas en círculos y arrancándole una palabrota. Sí. A él le encantaba eso. Y a ella le encantaba dárselo. El cuerpo de ella se tensó mientras lo atraía más cerca, y luego volvió a correrse con fuerza, sabiendo q