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Isabella se rió entre dientes; la baja vibración de su risa le calentó el pecho. —En realidad no, Lex. ¿Cómo podría tener frío ahora mismo? Eres tan grande y cálido. —Se acercó más, presionando su peso contra él—. Como un oso de peluche gigante.

Era una descripción totalmente ridícula para un hombre imponente de más de un metro noventa como él, pero Alexander descubrió que le encantaba. Quería ser su ancla. Quería ser aquel a quien ella acudiera en busca de calor. Le gustaba ser su oso de peluc
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