La expresión de Alexander se suavizó mientras una sonrisa cálida y reconfortante iluminaba sus labios. —Lo entiendo —dijo con fluidez—. Pero me tienes a mí. No me importa hacer todo el trabajo pesado y los contactos por los dos esta noche.
Ella ladeó la cabeza, buscando respuestas en sus ojos oscuros. —¿Seguro?
Él la miró entrecerrando los ojos de forma juguetona, con un destello travieso e infantil volviendo a su mirada. —¿Qué? ¿Estás diciendo que no soy gracioso?
—Oh, no. No me atrevería —se