Alexander suspiró, un suspiro de auténtica frustración. Sabía que ella tenía razón. Sabía que debía dejarla ir, que los abogados se encargaran del papeleo y mantener sus vidas profesionales y separadas. Pero al mirarla, sin la bruma del alcohol, con el rostro contraído por un dolor desafiante, sintió una atracción más fuerte que la lógica.
Por alguna razón, su mirada se desvió hacia donde su mano izquierda descansaba apoyada en el borde de la mesa de conferencias, con los nudillos blancos. Inme