—¿Por qué? —espetó ella—. ¿De repente te parece repulsiva la idea?
—Perdón, me expresé mal. Tuvo la decencia de parecer avergonzado, y el cambio lo hacía parecer casi un niño. Dios la ayudara si no deseaba abalanzarse sobre él tanto como matarlo.
—Solo quiero decir que no es algo que apruebe. Tengo la regla de no mezclar nunca los negocios con el placer.
Lo miró con incredulidad. —Repito: ¿hablas en serio?
—El sábado por la noche fue diferente —recalcó él—. Las cosas ya habían ido demasiado lej