Isabella frunció el ceño al alzar la vista, preguntándose quién sería. ¿Acaso Anna había olvidado algo? —Adelante —dijo.
La puerta se abrió y Alexander entró en la habitación. —Buenas noches —saludó.
Su cuerpo se tensó al instante, como si estuviera lista para huir, y por un segundo olvidó sus modales. —¿Qué haces aquí? —preguntó, con las manos sobre el teclado.
Él se apoyó en el marco de la puerta; su presencia llenaba la oficina y hacía que la habitación de techos altos pareciera claustrofóbi