—Izzy —dijo, arrodillándose con la gracia de quien sin duda había bebido un par de copas. Levantó el anillo de alambre—. ¿Aceptas este alambre ligeramente afilado, que definitivamente no es de oro de quilates, y te conviertes en mi esposa?
Isabella se reía tanto que tuvo que secarse una lágrima. —¡Sí, acepto! ¡Ay, Dios mío, qué tontería! —dijo mientras extendía la mano, y él le deslizó el anillo de alambre en el dedo. Le quedaba grande y el alambre le pinchaba la piel, pero a la luz brillaba y