Irene tenía los ojos enrojecidos, mostrando por primera vez su ira y resentimiento sin disimulo, mirándolo ferozmente.
Diego sintió un escalofrío en su interior y aflojó un poco la fuerza de sus manos. Pero no permitiría que Irene desafiara así su autoridad y límites.
Su voz seguía siendo gélida: —¿Ya no tienes nada que decir?
Irene luchó por contener la amargura y tristeza en su corazón, su voz temblorosa al hablar: —Tú no me crees...
Ella pensó que, aunque Diego no la amara, aunque ambos estuv