Irene apartó la cara.
—Déjame ir.
—¿Irte? ¿Y yo qué? —Diego deslizó su mano por su escote—. Despiertas mi deseo, ahora apágalo. —Irene protestó con indignación.
—¿Acaso te seduje o te provoqué? Tú eres el que no tiene autocontrol... mmm...
Antes de que pudiera terminar, la mano de él ya estaba hábilmente en un lugar muy sensible, sus dedos pellizcando suavemente. Esa zona era extremadamente sensible e Irene no pudo evitar gemir suavemente.
—Mira... —dijo Diego, satisfecho, mientras un rubor se e