Sí, ya pasó todo. Tanto dolor, tanta impotencia, tanto rencor. Nada de eso volvería a afectarles.
Las lágrimas de Diego empaparon los pantalones de Irene. Al sentir esa calidez, ella le acarició la cara.
—No llores más, no quiero que Feli te vea así.
—¿Y qué importa? Después de todo, ya me vio arrodillado... —Diego dijo entre sollozos, un poco descompuesto.
Lo que pasó no fue solo culpa tuya. Si hubiera podido comunicarme mejor contigo... —Irene le ofreció un pañuelo para que se limpiara las lág