—Espera un momento. —dijo Irene, bajando la ventanilla del auto.
—¿Y Feli? —Diego la observó estacionarse y se apresuró a abrirle la puerta.
—Está atrás. —respondió ella.
Diego abrió la puerta trasera y se inclinó para saludar.
—Hola, Feli.
—Hola, tío. —dijo Félix, con el rostro impasible, asintiendo levemente.
Diego sintió un nudo en el estómago al mirar los ojos azul celeste del niño. Irene extendió la mano, deseando sacar a Félix del auto.
—Déjame a mí. —dijo Diego.
La última vez que lo había