—¡Justo ahora me obligaste a abrazarte durante diez minutos! —dijo Irene.
—Ire... —Diego la miró con ojos de cordero—. Hice bien, ¿no debería tener una recompensa?
—¿Qué hiciste? —preguntó Irene, intrigada.
—Anoche... me contuve, no te toqué.
—¿Te toqué menos? Me besaste, me abrazaste y me viste desnuda, ¿y eso no cuenta como tocar? —replicó Irene.
—Pero al menos... me contuve. —respondió Diego—. No tienes idea de lo difícil que fue para mí.
Irene pudo imaginarlo. Después de todo, Diego era un h