Diego le limpiaba la cara y le quitaba la blusa, acariciando su piel. Al ver su dermis blanca como la nieve, sintió un zumbido en la cabeza, como si una cuerda estuviera a punto de romperse.
Irene, sin embargo, no se quedaba quieta; le tomó la mano y la llevó a su parte más voluptuosa.
El pecho de Diego se agitaba con fuerza, y sus ojos no podían apartarse de ella. Luego, respiró hondo y bajó la cabeza...
Cuando Irene despertó, solo sintió que su cabeza estaba nublada, pesada, casi incapaz de le