De repente, el brazo de Irene fue agarrado por alguien. Con el corazón angustiado y lágrimas en los ojos, ya estaba cansada de ser detenida una y otra vez.
—¡Suéltame!
—¡Regresa! —Diego la tiró con fuerza—. Voy a buscar a Julio.
Irene lo miró con incredulidad. Diego frunció el ceño, pero su mirada era firme.
—No es necesario. —Irene luchó por controlar su voz, que aún sonaba entrecortada—. Yo me encargaré.
La situación era urgente, e Irene no quería perder tiempo discutiendo con él. Se liberó co