—Tú haz lo tuyo. —dijo Julio—. No te estorbo en el trabajo. Cuando termines, podemos salir a cenar.
—Ve a la capital y pasa diez días. —dijo Irene—. Este lugar no tiene muchas maravillas, ¿a qué te sirve quedarte aquí? No te preocupes por mí, comeré bien.
—Lo sé. —sonrió Julio—. No es que me preocupe por ti; este lugar, aunque no sea muy conocido, tiene un ritmo más lento, y mis vacaciones son para descansar bien. Este lugar es adecuado.
—¿Por qué no me escuchas? —Irene frunció el ceño.
—Está bi