Diego no se sentía como si tuviera algo malo. El coche no llegaría hasta dentro de un mes, pero al pensar que cada vez que Irene condujera ese coche, recordaría a él, inesperadamente se sentía bien en el corazón.
—El tiempo está llegando. —Irene miró su reloj y levantó la mano—. Tengo que ir a...
—¿Qué hora es? —Diego estaba descontento—. ¿Y no tienes algo que hacer?
—¿Qué cosa? —Irene se quedó perpleja.
—¡¿Para qué has salido?! —Diego gritó, enojado.
—Es que... —Irene pensó por un momento y lue