Me colocan, como siempre, en el contenedor. Un armazón diseñado para canalizar mi energía hacia el obelisco. Conozco el proceso de memoria. Dolor, lágrimas, gritos que desgarran lo poco que queda de mi voluntad… y luego, el vacío.
Pero esta vez es diferente.
Retiran el casco que cubre mi rostro, y la luz me ciega de inmediato. Llevo tanto tiempo en la oscuridad que parece que la luz quema mis ojos. Apenas puedo abrirlos cuando una silueta familiar aparece ante mí. Su voz es inconfundible.
—Sáque