Dicho esto, Andrómeda caminó con firmeza hacia el castillo, atravesando la multitud. Muchos aún dudaban de su legitimidad, pero portaba la corona y, en su piel, las marcas sagradas del juramento de los soberanos, las mismas que Pandora había llevado cuando fue reina.
Frente a las puertas del castillo, se detuvo por un instante. Aún le costaba creerse reina. Recordó el día en que Liam la llevó prisionera, cómo había entrado esposada, juzgada como criminal y asesina. Pensó en su hermana, que la a