POV Damiano.
En el estacionamiento, por fin la solté.
Mis dedos se abrieron con brusquedad, como si quemaran, como si tocarla fuera una ofensa que ya no estaba dispuesto a tolerar. Atalya dio un paso atrás, llevándose una mano al brazo, con el rostro contraído en una mueca de dolor.
—¡Damiano, me lastimas! —protestó—. ¿Qué estás haciendo, cariño?
“Cariño”.
Esa palabra me revolvió el estómago.
La miré. Y por primera vez… la vi de verdad.
Sin el velo. Sin la mentira.
Sin la máscara de víctima que