—¿Qué hiciste… qué cosa?
Mi voz salió más débil de lo que quería. Sentía la garganta seca, como si cada palabra raspara por dentro. Frente a mí, Damiano no apartaba la mirada. Había algo distinto en sus ojos… algo que me puso en alerta incluso antes de que dijera nada.
Él tragó saliva, como si también le costara hablar. Luego, lentamente, sacó un sobre.
—No lo he abierto —dijo, extendiéndomelo—. Pero esto… esto dice la verdad sobre tu origen.
Mi corazón dio un golpe seco contra mi pecho.
No.
No