—Yo…
Las palabras se me quedaron atrapadas en la garganta, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para salir.
Augusto estaba frente a mí, con esa expresión fría y controlada que siempre usaba cuando quería imponer su voluntad. Todo el salón parecía contener la respiración, como si el mundo entero estuviera esperando mi respuesta.
Mi cuerpo temblaba.
No sabía qué decir.
No sabía cómo salir de aquello sin romper algo… o sin romperme a mí.
Y entonces ocurrió.
—¡Me opongo!
La voz de Dami