Capítulo: Déjame ir

POV Lanya

Entramos a la oficina en completo silencio.

Me detuve un segundo antes de avanzar, pero luego respiré hondo y seguí caminando.

No podía dudar ahora. No después de todo.

Nos sentamos frente al escritorio.

Esperamos un poco y el abogado llegó, nos ofreció un café.

—Él no toma café, su estomago es debil, puede traerle agua tibia, eso es suficiente. Yo no quiero, gracias.

Vi como Damiano arrugò el ceño, con una mirada dudosa.

Luego, lo vi tocar su estomago.

Rodé los ojos, era siempre igual, seguro no había desayunado, su estómago era débil desde el accidente, y si dejaba de comer, debía tomar una medicina especial o podría tener vómitos y dolor.

Abrí mi bolso y saqué la medicina.

—Toma, recuerda que no puedes malpasarte, es tu medicina para el dolor de estoamgo, recuerdalo de aquí en adelante.

—Él me miró soprendido, y la tomó con el agua tibia.

—Gracias. Ayer, no pude domrir.

—Ah, eso —abrí mi bolso y saque una caja con pastillas de magnesio—. Estas son las pastillas que te daba todas las noches para que duermas mejor, yo tambien las tomo, te concilian bien el sueño, debes tomarlas. Dile a tus asistente o tal vez a… Atalya.

Por un segundo nuestras miradas se encontraron, pero no dijimos nada.

El abogado apenas levantó la mirada; y entonces, comenzó con el trámite.

—Documentos, por favor —pidió con voz neutra.

Saqué mis credenciales, mis manos estaban frías, pero firmes. También entregué el acta de matrimonio.

El hombre comenzó a revisar todo con rapidez, explicando el procedimiento como si fuera algo cotidiano, casi aburrido.

—Al ser un divorcio de mutuo acuerdo, pueden firmarlo el día de hoy —dijo—. Después tendrán un mes de periodo de reflexión antes de que se haga oficial.

El encargado deslizó el documento hacia mí.

—Puede firmar aquí.

Tomé el bolígrafo. Por un segundo, lo sostuve sin moverme. Sentí una presión en el pecho, como si algo dentro de mí quisiera detenerme.

Pero lo ignoré. Firmé rápido.

Casi sin pensar. Tal vez fue la adrenalina, o tal vez el miedo a detenerme y cambiar de opinión.

Cuando terminé, dejé el bolígrafo sobre la mesa y levanté la mirada.

Fue entonces cuando lo sentí. Los ojos de Damiano sobre mí.

Lo miré.

Tenía el puño apretado, la mandíbula tensa, los ojos oscuros… llenos de una rabia que no lograba entender.

¿Qué le pasaba? ¿No era esto lo que quería?

No dije nada. Solo tomé el documento y se lo extendí.

—Firma —dije con voz firme.

Él bajó la mirada hacia el papel.

Tomó el bolígrafo. Pero no firmó.

Pasaron unos segundos, que se sintieron eternos.

Solo estaba ahí, pensativo, mirando la hoja, como si las palabras escritas en ella pesaran toneladas.

Yo tragué saliva. Mi corazón comenzó a latir más rápido, más fuerte, desesperado.

¿Qué estaba esperando?

Ahora solo quería que firmara. Que terminara todo de una vez.

Porque si esto acababa, tal vez entonces podría derrumbarme. Pensé en lo que haría después. Tal vez iría a un hotel.

Me encerraría, apagaría el teléfono y lloraría todo lo que no me había permitido llorar. No quería que nadie me viera así.

Él movió ligeramente la mano. Acercó el bolígrafo al papel. Estaba a punto de firmar.

Y entonces, su teléfono sonó.

Se detuvo. No firmó.

Frunció el ceño y sacó el teléfono con rapidez.

Respondió y no  dijo nada, luego colgó.

—Lo siento. Atalya está en el hospital, me necesitan.

Lo vi levantarse e irse, me quedé quieta, sin palabras.

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