Capítulo: No fui infiel

POV Lanya

—¿Eso te dices para poder dormir por las noches, sabiendo que Atalya te engañó?

Apenas terminé de hablar, sentí cómo sus manos perdían fuerza sobre mí.

Me soltó lentamente, como si algo dentro de él se hubiera quebrado.

Lo observé en silencio, tratando de encontrar una respuesta en su mirada… pero ya no había nada que pudiera sostenerme ahí.

Solo vacío.

—Mañana, a las diez de la mañana en punto —dije, con la voz firme, aunque por dentro todo me dolía—. Nos vemos en el registro civil. Terminemos con este error… para que seas libre de casarte con tu amada Atalya.

No esperé su respuesta. No quería escucharla.

Di media vuelta y salí de esa casa que, durante tanto tiempo, llamé hogar… pero que nunca lo fue realmente.

Arrastré mi maleta, cada paso que daba me pesaba, pero no me detuve. Si lo hacía, sabía que me derrumbaría.

“Damiano, espero que nunca te arrepientas”

***

Al salir, vi el auto de Max estacionado frente a la entrada. Me acerqué, abrí la puerta y subí sin decir una palabra.

Él me miró… y sonrió con esa calidez que siempre lo caracterizaba.

—Al fin eres libre —dijo.

Libre. Esa palabra resonó en mi mente, pero no se sentía como yo pensaba. No era alivio… no del todo.

Sonreí, apenas, como si intentara convencerme a mí misma de que era cierto.

Y entonces, casi por instinto, levanté la mirada.

Ahí estaba él, Damiano Elizalde, de pie en el balcón, observándonos.

Sus ojos… tan oscuros, tan severos, tan llenos de algo que no supe identificar. No era indiferencia. Tampoco era alivio.

Era… ira.

¿Por qué estaba molesto?

¿No era esto lo que quería? ¿No debía sentirse liberado?

El auto comenzó a avanzar, y su figura se fue quedando atrás, cada vez más pequeña… hasta desaparecer.

Apoyé la cabeza contra la ventana, cerrando los ojos por un momento.

Pensé en él.

En todo lo que habíamos sido… o en lo que yo creí que éramos.

Lo amé durante tanto tiempo. Lo amé más de lo que debería. Más de lo que él merecía.

Pero ahora… tenía que dejarlo ir, aunque doliera.

***

A la mañana siguiente, desperté en casa de mi amiga Lisa.

El sol entraba suavemente por la ventana, iluminando la habitación con una calidez que contrastaba con el caos que aún llevaba dentro.

Por un segundo, olvidé todo.

Pero solo fue un segundo. La realidad regresó de golpe.

Suspiré, me levanté y bajé a la cocina

Lisa ya estaba ahí, preparando el desayuno como si fuera un día normal.

—Buenos días —dijo, girándose hacia mí con una sonrisa—. Por cierto, Max quiere que vayamos a desfilar para su empresa de joyas.

Fruncí ligeramente el ceño.

Esto era mi sueño. Siempre me gustó el mundo del maquillaje, de la moda, de las pasarelas.

Era una parte de mí que había dejado de lado cuando no pude ir a esa Universidad en París, cuando mis sueños se truncaron, aun decidí luchar, iba a diplomados sobre moda y belleza, estudiaba dermatología y estética.

Buscaba becas para aprender, y hacia algunas campañas en agencias de poca reputación, pensé que si me esforzaba lo lograría.

Pero, luego, cuando acepté casarme con Damiano, tuve que renunciar a todo, por él, debía cuidarlo, debía ser una esposa ejemplar, y mi sueño debía quedar atrás, no me arrepiento porque lo hice por amor, pero ahora, si tengo la mejor oportunidad de cumplir mi sueño, lo voy a lograr.

—Hagámoslo —respondí finalmente—. Voy a dar lo mejor de mi, he soñado tanto con esta oportunidad, y por fin Max logró que en su empresa permitieran que principiantes en modelaje pudieran participar, ¡es un gran sueño!

Lisa sonrió, satisfecha.

***

Más tarde, llegué al registro civil.

Faltaban pocos minutos para las diez, pero mi corazón latía con fuerza, como si quisiera salirse de mi pecho.

Era el final.

Respiré hondo, tratando de calmarme… cuando lo vi.

Su auto. Se detuvo a pocos pasos de mí, y él bajó con la misma presencia imponente de siempre.

Traje impecable, su postura firme y mirada severa.

Damiano caminó hacia mí con paso decidido, como si aún tuviera control sobre la situación.

—Tienes un minuto para arrepentirte —dijo—. Sube al auto, Lanya. Te llevaré de vuelta a casa.

Lo miré… y algo dentro de mí simplemente se rompió. ¿En serio pensaba que podía decir eso?

Fruncí el ceño y luego reí. Una risa amarga, llena de incredulidad.

—No me arrepiento —respondí con firmeza—. Quiero el divorcio. ¿Te arrepentiste tú, Damiano? Qué lástima.

Me di la vuelta y comencé a caminar hacia el edificio.

—Lanya —me llamó, deteniéndome—. ¿Sabes que esto lastimará a la abuela?

Cerré los ojos por un segundo.

Pensé en la abuela Sonia. Ella había sido como una madre para mí. La quería. Mucho.

Pero, no iba a permitir que usara eso para manipularme. Si realmente me quería, lo entendería.

—Eso debiste pensarlo tú —respondí sin mirarlo—. Antes de ser un infiel.

—¿Infiel? —replicó, alzando la voz—. Estaba con Atalya, sí, pero no pasó nada entre nosotros. Me creas o no; ¡no fui infiel!

Reí de nuevo. Pero esta vez… dolía más.

—Guárdate tus explicaciones —dije, girándome finalmente para mirarlo—. Ahora, firma el divorcio. Eso es lo que querías, ¿no? ¿Por qué cambiaste de opinión?

Lo observé con atención… y entonces lo entendí.

—Ah… ya veo —murmuré—. Pensaste que iba a rogarte, ¿verdad? Que iba a suplicarte que no me dejaras…

Mi sonrisa se volvió más fría.

—Y entonces podrías volver con Atalya tranquilamente, diciendo: “No puedo divorciarme porque ella no me deja”.

Negué suavemente con la cabeza.

—Qué conveniente. No tienes excusas ahora —añadí—. Firma el divorcio… y luego cásate con Atalya. Con la mujer que te abandonó en tu peor momento.

Lo miré por última vez. Y entonces… entré al edificio.

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