Amelia subió al auto, el temblor de la ira y el dolor aún recorriendo su cuerpo. Se dejó caer en el asiento del copiloto, la mirada perdida en algún punto más allá del parabrisas. Maximilian la siguió, pero en lugar de encender el motor, se giró hacia ella, sus ojos buscando los de ella.
—Amelia, ¿estás mejor? —preguntó, su voz suave, casi un susurro.
Ella negó con la cabeza, las lágrimas brotando sin control, un llanto convulso que la sacudió de pies a cabeza. El sonido de su angustia llenó el