La oscuridad de la madrugada se cernía sobre la mansión, pero para Maximilian, la noche era un eco constante de un incendio que se negaba a extinguirse en su mente. Se levantó de golpe, la frente perlada de sudor, el cuerpo aún tembloroso por la vívida recreación de la pesadilla. Aquel fuego, que por poco le arrebataba la vida, era un visitante recurrente, una anomalía que lo confundía y lo arrastraba a dudar de su propio pasado. ¿Cuál era el motivo de esa recurrencia? La pregunta martilleaba e