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La silueta de Amelia se desvaneció de la sala de reuniones, dejando a Maximilian sumido en sus pensamientos. Era innegable: Amelia lo estaba evadiendo. La propuesta de una cena colectiva era una clara señal de su deseo de evitar el tiempo a solas con él. Resignado, aunque con un dejo de frustración, Maximilian tomó su teléfono y marcó el número de Giselle, su asistente de confianza.

—Sí, señor, ¿en qué puedo ayudarlo esta vez? —La voz de Giselle sonó, como siempre, profesional y competente.

—Gi
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