El silencio en el auto era un poco pesado, solo roto por el suave zumbido del motor. Maximilian se concentraba en la carretera, su mente aún lidiando con la imagen de Amelia, tan frágil y perdida. La impotencia lo carcomía, el deseo de hacer algo por ella ardía en su pecho. Justo cuando la tensión parecía insoportable, la voz de Amelia, apenas un susurro, rompió la quietud.
—Sé que mi madre no murió por culpa de aquellos hombres que querían secuestrarla —dijo Amelia, su voz cargada de una extra