Simón sentía cómo el deseo latente se acumulaba en su pecho mientras las manos de Natalia recorrían su cuerpo con una intensidad que lo dejaba sin aliento.
A pesar de su resistencia inicial, sus labios no podían evitar corresponder a los besos apasionados que ella le brindaba, los gemidos que escapaban de los labios de la mujer lo enviaba a un estado de excitación incontrolable.
—Natalia, esto no está bien… —gruñó Simón, intentando mantener la cordura.
—Lo está… —murmuró ella—. Quédate conmigo