La lluvia caía con fuerza, empapando a Simón mientras permanecía frente al edificio de la empresa.
Su camisa blanca estaba pegada a su piel y el agua resbalaba por su rostro, mezclándose con las gotas de sudor frío que le provocaba el peso de sus pensamientos.
“Isabella no va a detenerse. No puedo irme y dejar a Natalia desprotegida”, se decía una y otra vez. Miró hacia las ventanas iluminadas del piso superior, donde probablemente ella seguía trabajando.
Buscó refugio bajo el alero de un p