Al salir de la oficina de Natalia, Simón sintió que sus piernas temblaban de manera incontrolable. Tuvo que apoyarse en la pared más cercana, respirando con dificultad mientras el peso de lo que acababa de presenciar caía sobre él como un alud.
Trató de tragar saliva, pero su garganta estaba seca, y un nudo comenzaba a formarse en su pecho. Parpadeó rápidamente para contener las lágrimas que amenazaban con salir, consciente de que no podía permitirse derrumbarse allí mismo.
El pasillo estaba