La sala de espera parecía haber ganado un peso invisible desde la llegada de Delia.
Vestida con unos jeans oscuros y un abrigo gris, su cabello recogido en un moño desordenado reflejaba la prisa con la que había llegado. Abrazó a Natalia y a Graciela con fuerza, como si con ese gesto pudiera aliviar parte del dolor que llevaban encima.
—Llegué lo más rápido que pude —dijo Delia, apretando los labios—. ¿Cómo está Roberto?
—No sabemos nada aún —respondió Natalia, su voz cargada de agotamiento.