Diente de león: Octava parte.
Lucía se sentó junto a la ventana, mirando hacia el pequeño pueblo que ahora llamaba hogar. Afuera, el sol del atardecer teñía el cielo de un suave tono anaranjado, y las sombras de los árboles se alargaban, extendiéndose sobre las casas. El silencio era una bendición, roto solo por el canto lejano de los pájaros y las risas ocasionales de Ferus, que jugaba cerca del río con otros niños del pueblo. La tranquilidad del lugar le proporcionaba un consuelo extraño, algo que no sentía desde hacía mu