CAPÍTULO 51 Lo que pasa cuando uno se queda
El portero automático seguía iluminado cuando Lissandro alcanzó la entrada del edificio. No tocó. La puerta aún no se había cerrado por completo porque un vecino había ingresado segundos antes, y él sostuvo el marco con la mano, sin hacer ruido, como si estuviera cruzando una línea invisible que no figuraba en ningún contrato.
El portero lo miró sorprendido, pero no dijo nada. Lo reconocía.
Lissandro no esperó el ascensor. Subió por la escalera,