Jason condujo por la autopista como un hombre poseído.
La rabia le ardía en las venas, más fuerte que el rugido del motor.
Incluso en la oficina, sus pensamientos eran un caos: cada colega que se cruzaba con él recibía el filo cortante de su temperamento.
No podía quedarse quieto.
Así que volvió a salir—esta vez rumbo a la cancha de baloncesto donde solía entrenar con sus amigos.
Botó el balón con fuerza, una y otra vez, hasta que las palmas de sus manos se pusieron rojas.
Nunca había estado ta