A la mañana siguiente, Isabella ya estaba despierta, con el cabello todavía húmedo por la ducha. Salió de su habitación planeando buscar a Samantha, pero se detuvo al ver a su amiga junto a la ventana, apartando un poco la cortina para mirar afuera.
Con una sonrisa traviesa, Isabella se acercó sigilosamente e intentó asustarla. Samantha dio un pequeño grito y se llevó la mano al pecho.
—¡Dios! ¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó Samantha.
—¡Perdón, Sam! Jeje. Bueno, ¿y tú qué haces aquí p